miércoles, 13 de noviembre de 2013

El borracho de locura.

“Lo tendré, sí, claro, siempre lo tengo, pero no como quisiera... Además lo necesito ahora, mañana será otro día... Mañana no me sirve, es ahora cuando siento esta angustia, desesperación, y ganas de desahogo con la única persona que puedo.”

Siento la ficción absorbiendo mi imaginación, y pienso…: En algún rincón de mi mente, sintiéndome como me siento ahora, puedo ponerme en una situación alcohólica y sexual por desesperación.

Como aquél borracho que sale de su casa dando un portazo, gritando: "¡no puedo más!", mientras la mujer le ruega: "Vuelve, por favor. Tenemos un hijo, no nos abandones." Y vuelve a entrar, ya borracho de locura, le levanta la mano a su mujer, y le grita: "¡necesito que me des más de ti, necesito tu cuerpo y no me lo das!" Agarra con fuerza a su mujer, y empieza a besar su cuello, ella se resiste, pero él no quiere dejarla una vez más, y sigue advirtiéndole: "¡no te muevas!" Desnuda a su mujer, y se desabrocha la cremallera del pantalón para intentar hacerla suya a la fuerza, pero ella sigue sin dejarse, quejándose, gritándole a su marido que no la obligue. Hasta que él vuelve a desistir, se rinde, y grita por última vez: "¡No puedes pedirme que me quede, porque no me das nada!" Mira al bebé que tienen en común, y respira profundamente, pensando seriamente en que está enfermando, en que está perdiendo la cabeza, porque jamás antes se había visto en esa situación tan extrema, jamás le haría daño a su mujer.

Ese es, ese es el borracho que casi no ve ni su propia sombra del alcohol que lleva en sus venas por la desesperación. El borracho que no logra alcanzar el máximo placer con ninguna de esas mujeres de compañía que va buscando por todo el barrio. El borracho que se sienta en la mesa de uno de esos bares, y pide una copa tras otra para ahogar todos sus sentimientos y pensamientos. Que se levanta, tambaleándose al sentirse más ebrio que nunca, y le dice a una mujer: “te lo ruego… Déjate llevar conmigo…”. Y llegan a la habitación privada, y se desnudan, y ella lo complace, pero nunca es suficiente. Pasa por las manos de varias mujeres, pero nunca es suficiente. Nunca. Porque ninguna puede llegar ni a compararse con su propia amada. Y pensar en lo que provoca su amada incluso a distancia, le hace sentir vivo, pero a la vez hace agrio el sexo con esas mujeres con las que intenta dejar de sentirse desesperado, y llora una vez más al apartar con violencia a esa mujer desconocida, y grita: “¡no vuelvas a tocarme! ¡Estoy casado!” Ni siquiera él sabe lo que quiere.
Aquél borracho que empieza a odiarse por no saber controlarse, por no poder acudir a su propia mujer para solucionar sus problemas.
Ese hombre, borracho como nunca, habla y habla con el hombre que es él mismo, y se hace preguntas, y sigue llorando, y se odia por hacer todo eso, y piensa en su amada, y en el amor que los une, y ni él entiende cómo ha podido llegar a ese extremo, no sabe cómo ha llegado hasta ahí. Y cae al suelo, alguien lo recoge, lo sienta en una silla, pero él se levanta de golpe, y corre por las calles, vagabundo, sin vida, solitario, frío…
Aquél borracho no sabe qué hacer…
Y vuelve a beber, y vuelve a estar en las manos de otra mujer, y vuelve a rogar: “déjate llevar conmigo… Hazme lo que quieras, necesito dejar de sentir esta angustia…” Y oye una respuesta, la voz de su amada: “mi amor, ven… Tssh, tranquilo… ¿Por qué has bebido tanto…? Ven a mis brazos, yo te daré lo que necesitas, sabes que soy la única que puede dártelo. Y ahora, hagamos el amor, hazle el amor a tu amada, porque ahora, soy completamente tuya”.

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