martes, 1 de octubre de 2013

El hombre que me hace dudar. (1ª parte)

“Ese es, ese es el hombre que me está haciendo dudar…”, pensé.
Jamás había conocido a ningún hombre así, jamás.

Salí de la puerta del bar donde solía ir todas las mañanas a tomar un café solo, de esos que saben agrios, para ver si lograba despistar la agonía, como otra de las tantas mañanas que llevaba haciéndolo desde que pasó.
Me senté en la mesa de siempre, la más apartada de todas las demás, pero a la vez la que se encontraba más cerca del grande ventanal que recubría el local.  Saqué mi libreta usual, y mi boli, y empecé a darle vueltas a mi mente, a ver si se me ocurría algún tema sobre el que escribir. Comencé por poner la data del día en el que estaba, y al intentar escribirla el boli no iba. Le di la vuelta a la libreta y empecé a hacer círculos con el boli, en una de las hojas traseras, intentando que funcionara. Lo arreglé. Así pues, me dispuse a volver a la página delantera en la que estaba, para poner el día en el que me encontraba. Fue entonces cuando me di cuenta de que no sabía ni el día en el que vivía desde que estaba tan perdida en el mundo. Me quedé pensativa unos segundos, pero no lograba adivinar en qué día, ni siquiera en qué año vivía. Justo en este momento, la puerta del bar se abrió, deseosa de dejar entrar un poco de aire fresco en ese local caluroso, y entonces quedé embelesada por un ciego momento, con el olor que me inundó el cerebro, y el cuerpo que atrapó la mirada de mis ojos cansados y llenos de ojeras.
Era un cuerpo de tez pálida, melena larga, por los hombros, y rubia. Unos ojos verdes que mataban el tiempo, unos labios carnosos y rosados que cualquier mujer desearía besar. 1, 77-80 de cuerpo algo musculado, pero sencillo y amable a la vez. Un tatuaje, espera, no, dos… Tres… Cuatro… ¿Cinco tatuajes? Vaya, qué pasada. No supe que pensar. Solo sé que quedé en ridículo cuando la camarera vino a entregarme el café, y casi le tiro la taza encima por el sobresalto.

-Oh, lo siento, no me había dado cuenta de que estabas  aquí.
-Mmh… Ya, demasiado encanto en ese hombre para estar concentrada en otra cosa, ¿verdad? –Dijo con una sonrisa como de autosuficiencia.
-¿Qué? No, no, no, no. Yo… Soy homosexual, solo admiraba sus tatuajes, sí. –Dije intentando de convencerle.
No sé si creyó en mis palabras, pero se fue con una sonrisa de esas que pones cuando sabes que te engañan y no lo quieren admitir.
Pero era cierto, yo no le engañaba, era homosexual.
Me quedé pensativa durante unos minutos, hasta que volví a la tierra. No quería quedarme otra vez hipnotizada por aquél hombre que acababa de entrar y estaba sentado a solas, con una libreta en la mano, y un lápiz en la otra. Pero… Lo había vuelto hacer, me había vuelto a fijar en él, en los objetos que portaba, en sus ojos, en su melena rubia… ¿Qué demonios me estaba pasando?
Ladeé la cabeza, intentando despejar mi mente de una vez y centrarme en lo que intentaba centrarme cada mañana. Empuñé el boli con decisión, y entonces volvía a darme cuenta de que no sabía en qué día estábamos. Sigo sin saber por qué, sigo sin saber qué me pasaba, había más gente en el local, sí, dos o tres personas más. Pero no pude evitarlo… Me levanté de mi silla y caminé con cautela hasta la mesa en la que el hombre de tez blanca, melena rubia, y tatuajes, me esperaba.

-Buenos días. –Dijo nada más verme. Su voz sonaba grave, a hombre fuerte y seguro. Y sonrió, y eso me pareció increíblemente amable, y a la vez irresistible, porque, Dios, tenía una sonrisa tan bonita…
-Am… Bu… Buenos días. –Se me trababan las palabras, como si fuera un bebé torpe, y eso lo odiaba.
-¿Azúcar? –Preguntó mientras cogía el tarro de azúcar de su mesa y me lo ofrecía.
-¿Qué? No, no, gracias. Venía a preguntarle… ¿En qué día estamos?
-30 de diciembre, señorita.
-Oh, gracias. –Intenté sonreírle ligeramente, con amabilidad, agradeciéndole. Y entonces sentí un nudo en el estómago, y no sabía por qué.
Volví a mi mesa, y me senté despacio, desorientada, pensativa en esa sonrisa que me había ofrecido amabilidad en esa mañana extraña. Hacía tiempo que nadie me sonreía así…
Volví a tener el bolígrafo en la mano, entre mis dedos, y decidida a escribir el día en el que estábamos, me paré en seco al terminar la data.
30 de diciembre…
Cogí la taza de café que llevaba esperándome unos minutos, y empecé a tragar ese sabor amargo, intentando amargar más a mi corazón… El cual se paró por unos segundos, haciéndome comenzar a temblar ligeramente, llenando mis ojos de lágrimas, dejándome una sensación fría y agonizante.
“Hoy… Hoy podía hacer tres años de aquello que tenía y que he perdido…”, pensé. “Vasta, céntrate en tu libreta y en el café”, me obligué a mí misma.
Esa mañana no estaba muy inspirada, aunque no había ninguna mañana en la que la literatura entrara fácilmente en mí, desde que perdí…
Así que me puse a escribir como si fuera un diario, dejándome llevar, y a ver lo que pasaba…

‘Me arrancaron lo que más quería en este mundo… Solo siento rabia, impotencia, odio, dolor, agonía, sufrimiento, frialdad, incertidumbre, soledad… Me acuesto cada noche en la cama, y no logro conciliar el sueño. No puedo si no siento su olor, si no siento su calor, si no siento sus labios rozando los míos antes de dormir… No puedo, y me niego. No quiero seguir adelante, no puedo pensar en otra cosa. Me nubla la mente, me ciega, me congela el corazón, y mi alma está más perdida que nunca…
Cada vez que consigo dormirme, tengo pesadillas. Tiemblo, grito, sudo, lloro, así es como me despierto… Tengo un vaso de agua a mi lado, apoyado en la mesita, descansando, esperando por mí, bebo cada noche de él, al despertarme con tal agonía, pero esa agonía, ese dolor, hace que me den nauseas el solo hecho de sentir el agua correr por mi garganta. Solo es agua, sí. Pero incluso eso me atormenta…
Me arrebataron lo que no era suyo, lo que no era suyo ni de nadie, me arrebataron lo que era totalmente mí. Me arrancaron de mis brazos a la única persona con la que lo había compartido absolutamente todo, por la que podía matar, por la que perdí la cordura, por la que dejé de ser triste, por la que sentí que merecía la pena vivir… La persona con la cual construí un mundo de ilusiones románticas, de amor, de libertad, de caricias infinitas y miradas felices… Simplemente lo era todo para mí, todo.
Y esa persona… Esa persona iba siempre acompañada de nuestra pequeña criatura… Me arrebataron dos amores… Dos corazones… Dos almas puras…
Mi bella mujer… Estoy muriendo lentamente sin ti… ¿Cómo pudo pasar…? ¿En qué momento se les ocurrió tocarte…? ¿Cómo pude permitir que tocaran de ti tan solo un centímetro de tu cuerpo…?
Siento sed de sangre, de venganza, desde entonces. Sé que no eras partidaria de eso, mi amor… Pero… ¿Qué puedo hacer…? Ya no siento más que rabia y dolor desde que me arrebataron tu presencia… Y te ruego que me perdones cuando haya acabado mi venganza. Te ruego entonces que entiendas el por qué lo he hecho, y te ruego que me cedas un espacio en el mundo en el que vives ahora, que tu alma invite a la mía a volver a estar juntas…”

.....

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